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La tarde va dando paso a la noche. Pendientes en nuestros quehaceres hogareños, no nos damos cuenta de la oscuridad que nos envuelve. Cuando la penumbra nos hace imposible diferenciar las siluetas de la estancia nos preguntamos por la luz de las farolas y nos acercamos al interruptor para iluminar la estancia. Escuchamos el ruido sordo de la pestaña pero no obtenemos luz a cambio. Volvemos a mirar hacia la ventana creyendo ver pequeñas luces ambarinas tintineantes. Acostumbrados ya a tantos viajes al pasado, nos tranquilizamos al entender que nos encontramos de nuevo en manos de las caprichosas visiones de esta Ventana.

 

 

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Nos asomamos sin dudarlo queriendo aplastar nuestra nariz contra el frío vidrio para escudriñar la oscuridad. En el mismo instante en el que palpamos el marco, este se desvanece. Situándonos en el umbral de una ventana que funciona como barandal de un rellano de escalera. Al seguir la línea de la balaustrada ornamentada y de rica madera, nos damos cuenta de que nos encontramos en un pasillo de la planta superior de una casa victoriana. Sirvientes a nuestros pies encienden velas en candelabros colgados de la pared y comienzan a alzar con unas poleas una lámpara de ricos cristales que multiplican el brillo de las llamas. Con miedo a hacer ruido, nos mantenemos en silencio, recostándonos en la barandilla para curiosear.

dee044650c64eabfcf9a152709e9d222Nos encontramos en el tercer piso de la gran casa. Mientras dejamos transcurrir los minutos en busca de las señales que Ventana al Pasado nos desea mostrar, las risas de varias mujeres y su aparición en el rellano inferior nos mantienen en suspenso. Tres damas con elaborados peinados, vestidos de distintos colores, faldas largas con crinolinas, abultando con sutileza la parte posterior de sus vestidos nos dejan sin aliento.

Auténticas damas victorianas que ajenas a nuestra visita descienden las escaleras. Nuestros pasos las siguen inevitablemente.

La marcha la abre una dama de rubia cabellera y ojos azules, de tez blanca y sonrisa fresca. Una de sus amigas se refiere a ella como Bárbara. Entre risas escuchamos que comentan el número de caballeros invitados a la fiesta que organiza la anfitriona y sus planes para desplegar ciertas armas de mujer con el fin de sumergirse en el juego de la seducción. Una vez en el rellano, un sirviente intercepta a la dama llamándola lady Lambton. Miramos hacia atrás algo asustados al habernos alejados de nuestra posición inicial pero nada nos indica la existencia de movimientos en la planta superior. Cuando volvemos la vista al grupo de mujeres que alcanzan el hall nos fijamos en la dama de pelo negro azabache y expresivos ojos zafiros. Esta increpa a la tercera de las damas algo que no llegamos a captar bien salvo la respuesta que recibe por parte de ella.

—Ay Regina, adoré el momento en el que me rescataste de las garras del aburrimiento cuando llegué a la ciudad—Con gran sorpresa reconocemos en aquella elegante dama a Edyna, nuestra lady Palmerstone, quien con desgana prosigue—, pero en serio, creo que estando casada debo mantener las distancias con los caballeros como me corresponde.

—¡Pero por el amor al cielo Edyna! —Exclamó con teatralidad—¿Hasta cuándo vas a guardar respeto a un marido ausente que te menosprecia? Está claro que tu belleza le hizo lanzarse a la locura del matrimonio. ¡Yo estoy agradecida por ello, no me malinterpretes! Te quiero como si fueras parte mi familia y por ese mismo motivo me niego a seguir viéndote desperdiciar tu juventud cuando lord Palmerstone ha dejado claro con su actitud que no le importa lo buenos o malos que puedan ser tus días en Londres.

—Voy entendiendo como funciona este mundo gracias a vuestras mentes retorcidas e injuriosas y a vuestro comportamiento licencioso.—Sus amigas rieron sus vanos intentos por ofenderles pues su mejor pasatiempo parecía que consistía en jugar a la doble moral victoriana. Aplicando posturas más que ensayadas las recorrió con cierta chispa divertida en la mirada para espetarles—¡Sois la tentación y el pecado mis queridas amigas!

—No sé de qué clase de mujer hablas. No pienso reconocerme en tus palabras—exclamó la anfitriona con fingido enfado mientras se carcajeaba al acercarse a la entrada para recibir a los primeros invitados.

—Ya te hemos explicado Bárbara y yo, que tu esposo estará entretenido en las mismas lides que mi querido lord Barwick. Debemos comprender que ellos tienen la soberana obligación de entretener a sus amantes. A nosotros se nos otorgó el privilegio de poder ser sus devotas esposas, siempre, claro, que ellos estén presentes—puntualizó con un brillo burlón poniendo a prueba el control sobre la risa que Edyna se auto exigía.

 

37b56fdd4e748318b47dae75c3567c1dLa escandalosa forma de hablar de las mujeres contrasta con la época. Nuestra fascinación va en aumento y la curiosidad nos hace continuar rescatando detalles que nos acerquen a comprender los cambios en lady Palmerstone y las vidas que se nos presentan ante nosotros. Decidimos quedarnos a buen resguardo observando entre los barrotes lo que sucede en la parte inferior. Todo apunta a que lady Lambton, vizcondesa viuda, ha invitado a un gran número de amigos a pasar una agradable velada en su casa. Observamos cómo la planta inferior es completamente transitable de una estancia a otra a medida que lady Lambton recibe con refinados movimientos a sus ilustres invitados.

Los comentarios que escuchamos de varios caballeros que se apostaron cerca del pie de la escalera, nos sirven para comprender la admiración y absoluta atracción que las tres damas llamadas de fuego despierta en el público masculino.



b577784d97bc8972567fa22f891e2465Fueron varias horas las que duró la fiesta de lady Lambton y durante las misma pudimos hacernos a la idea de la historia que cada una de ellas escondía tras estudiadas expresiones distantes, coquetas en ocasiones y provocadoras de forma intencionadas. Nos sorprendió ver cómo las Damas de Fuego se deslizaban por las estancias atendiendo a las buenas formas sin dejar de divertirse con los velados mensajes y gestos del coqueteo.


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Las tres mujeres mostraban una fachada tras la cual escondían nobles corazones y enormes ganas de ser amadas.



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Regina, baronesa de Barwick había contraído matrimonio con un caballero de su posición social muy conveniente para sus familias pero no tanto para su corazón. La relación se fue enfriando hasta enviar a cada uno, en mudo acuerdo, a los brazos de otras personas caracterizadas por una gran discreción.

El amor era el precio a pagar por su lujosa vida.


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Bárbara, vizcondesa viuda de Lambton, vivía su viudez disfrutando de la libertad que sólo ese lamentable estado civil permitía a las mujeres de la época. Tras muchos años casada con el vizconde que le doblaba la edad, pudo hacerse con una gran fortuna que gestionaba con inteligencia manteniéndose bien relacionada entre la clase alta victoriana.  

El amor era el precio a pagar por su lujosa vida.

 

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Y nuestra Edyna. Lady Palmerstone. A ella la vimos partir de su pueblo natal, con la mirada huidiza y el miedo a despertar de un sueño marcado en su semblante. Conocimos su preocupación por el bienestar de sus hermanos y su infinita gratitud a lord Palmerstone por haberles elevado en la escala social, permitiéndoles decir adiós a la miseria. Ella, Edyna, comenzaba a entender lo que sus amigas habían aprendido hacía muchos años…

El amor era el precio a pagar por su lujosa vida.

 

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FEBRERO 2016

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