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13 de Junio 1934

Fiestas de San Antonio

imagesUn pueblo situado en las medianías de la isla de Gran Canaria acoge la historia de los protagonistas de El Rumor de las Folías. Santa Brígida se engalana en las fiestas en honor a su patrón y sus habitantes acuden sacudiéndose el peso de la rutina, en busca de distracciones y con deseos de disfrutar de la música. Por aquella época lo que hoy llamamos folclore canario, no eran más que la melodías, bailes y cantos que se alzaban en sus fiestas. Hoy los conocemos como Isas, Folías, Seguidillas canarias, Tajarastes, Malagueñas… 

Florida esq. Corrientes_1936Imaginemos las antiguas carreteras de tierra, las casas canarias de piedra, vehículos como los Hispanos Suizas compartiendo vía con caballos y bestias. Se puede escuchar la algarabía que previene a los viandantes de la proximidad de una aglomeración de personas. Entre ellos se encontrarán Tomás Westerling y su hermano Ramón junto a varios amigos. 

 

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Tal día como hoy, Luisa se vestía con sus mejores prendas, se acicalaba con esmero y se encaminaba junto a doña Antonia y su amiga Lola a la plaza del pueblo donde tendría lugar la verbena. 

Tal día como hoy, podrán acompañar a los protagonistas en el fragmentos que da nombre a El rumor de las folías…

Tal día como hoy, las folías daban voz a un rumor…

—Mira que estás bonita —le dijo acercando el rostro a su melena desde la parte de atrás.

—¡Tomás, por Dios! —le reprendió mientras le daba un codazo para que se comportara. Él le guiñó el ojo mientras le ofrecía una sonrisa de medio lado.

Tomás saludó a la pareja formada por Lola y José como si de amigos suyos se trataran. Gastaron bromas, rieron y conversaron un buen rato y, por un momento, Luisa vislumbró al Tomás que había conocido. Un hombre alegre, con don de gentes, que sabía pasarlo bien.

—¡Escuchen! —exclamó—. ¡Vamos, que están tocando folías!

El grupo se trasladó hacia la plaza donde una multitud bailaba. Lola tomó de la mano a Luisa para zigzaguear entre la gente y llegar a donde se encontraba su madre. A lo lejos, comprobó cómo Tomás la buscaba con la mirada, hasta que la encontró sentada al lado de Antonia.


4c7dddbef5c556178849c5fdd1508230Tomás sintió que su corazón le daba un vuelco. Era una bella mujer. Su melena rubia flotaba como un velo. Sus dedos le escocían al querer enredarse entre ellos. Aquel vestido le marcaba las curvas que, en aquel año, había desarrollado. Y el color de este calcaba el mismo que el de sus ojos. La noche, el ron y las ganas de ella hicieron que Tomás quedara hechizado.

Las cuerdas de los instrumentos cesaron para comenzar una nueva folía. En los primeros instantes, los jóvenes iban en busca de las muchachas que esperaban sentadas. Las folías canarias se bailaban con serenidad, con parsimonia. Tomás se adelantó dirigiendo sus pasos hacia donde Luisa se encontraba. Mientras los primeros acordes sonaban, a una respetuosa distancia y con el sombrero en la mano, hizo una reverencia mirando a la joven que había elegido. Todos en aquella plaza seguían el mismo ritual. Una vez hubo captado la atención de Luisa, que lo miraba maravillada, dijo: «¡Aires!».

Las mujeres se levantaron. Luisa, igual que las demás, tomó posición en el centro de la plaza. Se colocó a cierta distancia de Tomás, bajando con modestia los ojos pues sabía que había muchas miradas clavadas en ellos. Levantó sus brazos y los arqueó; moviendo suavemente su talle, dio acompasados pasos adelante, atrás y a los lados, guardando siempre la misma distancia. Cuando su compañero avanzaba, ella retrocedía. Cuando era él quien se alejaba, ella se adelantaba en señal de reconciliación.

Y así continuó el baile. Todas las parejas de la pista marcando el compás con un suave castañeteo con los dedos pulgares de cada mano. Hasta que llegaba el momento de la copla, que comenzaba una dama o cualquier otro que se animara. Luisa vio a Lola, que bailaba con José; a Rita con Fernando, y Ramón había sacado a Pino. Lola fue la primera en cantar:

—Al pie del Nublo nací —comenzó con una limpia voz—. Mi nacimiento fue bueno, no todos pueden decir que nacieron junto al cielo.

derby-de-baile1Continuó José con la siguiente. Luisa apenas prestó atención, pues su mirada quedó atrapada en los oscuros ojos de Tomás, que la miraba enigmático. La pareja se mantenían la mirada siguiendo los pasos pausados, ajenos al resto. De pronto supo que Tomás estaba a punto de hacer una locura, pero aún no sabía cuál. Lo conocía. Lo conocía demasiado bien, y su sonrisa sardónica se lo confirmó. Tomás tomó el turno sorprendiendo a Luisa con una voz profunda.

—A decirle que la quiero —cantó— no me atreví en todo el día, a lo oscuro de la noche se lo dirán las folías.

La gente aplaudió por aquel canto. Muchos comenzaron a murmurar por la atracción que entre ellos se apreciaba. Aunque le tocaba a Luisa continuar, fue Rita quien cantó mientras fulminaba con la mirada a la pareja que formaban.

—Amor que de mí te alejas, ¿a dónde irás a parar? ¿A dónde irás a encontrar, otro amor como el que dejas?


Los murmullos recorrieron la plaza. Poco a poco la gente se fue congregando, muchos animaban con sus aplausos el final de cada copla. Ramón, atento a lo que sucedía, siguió con la siguiente estrofa:

—El canario que no canta, ni siquiera una folía, tiene enferma la garganta, ¡o algo peor todavía! —terminó Ramón, con menos capacidad para el canto aunque bastante más para el ingenio. Todos rieron.

Luisa recobró su malicia, Tomás la había retado y Rita la había insultado. Como en sus tiempos de niña consentida, alzó su voz sobre los demás para cantar sonriendo, felina, a Tomás:

—Allá en el monte una ermita, y en la ermita una mujer, y en la mujer un secreto y en el secreto un querer.

Tomás inclinó la cabeza recogiendo su desafío. Aquello le dio miedo a Luisa, pues sabía que a atrevimiento, siempre ganaba él.

—Cómo quieren que la olvide —volvió a cantar—, si ella es mi medianera. Si el amor echa raíces como la planta en la tierra.

—Cuando una canaria quiere —interrumpió Luisa a Lola— a quien la sabe querer, ella se muere queriendo, y muerta quiere también.

Al terminar el canto, giraron en semicírculo para seguir bailando en la parte opuesta.

—Tengo un canario que canta —volvió Tomás— folías cuando te nombro, mira si te nombraré, que hasta el canario está ronco.

Todos aplaudieron la lucha de coplas que se estaba desarrollando. Pocos eran los que no habían percibido tensión entre el matrimonio y un gran interés entre la majorera y Westerling. Lola continuó distrayendo la atención.

Una vez se terminó el baile, los caballeros realizaron otra profunda reverencia y, sombrero en mano, siguieron en pos de las jóvenes hasta sus asientos. Tomás no pudo evitar seguir el contoneo de las caderas de la joven majorera. Al llegar, les esperaba Antonia con expresión adusta.

—¡Están bonitos! —resopló abanicándose. Tomás, sin amedrentarse, le guiñó un ojo a la mujer, que giró la cara hacia otro lado.

Tomás, desinhibido por completo, se acercó a Luisa para susurrarle:

—En cinco minutos te seguiré hasta el palmeral. —Al notar el movimiento negativo de Luisa, volvió a decir—: ¡Volvamos a recordar Cuba!

b7d86f0fe2de7affb14c421da36958d3Aquellas palabras la transportaron a una noche, no muy lejana, donde Tomás le hizo el amor en medio de la selva cubana. Luisa comprobó, no sin cierto miedo, cómo algo en su interior se revolvía. Supo que cierta malicia se albergaba en ella y cómo el marcado carácter con el que decidió partir de Fuerteventura volvía a surgir de sus cenizas. Estaba cansada de tanta sumisión, de miedos, de días de autocontrol, de momentos de sufrimiento físico y mental. Desde el mismo centro de su ser, algo la lanzaba a correr esa aventura. Amaba a Tomás, y él a ella. Lo había hecho público y antes que sentir vergüenza sintió un gran alivio. Quería ser feliz junto a él. ¡Y al diablo con lo demás!

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