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Las vistas desde la ventana han cambiado. Si descorremos las cortinas nos encontraremos ante un paisaje que nos ofrece la imagen de un barranco. Nuestra curiosidad nos hace alongarnos y mirar al exterior. Nos encontramos en la segunda planta de una gran casa colonial. Hacia la derecha se extiende un gran valle de picón salpicado de vinagreras. El contraste del negro de la tierra volcánica junto al verde de los arbustos, hace que nuestra mirada se pierda hasta encontrarse con la pared de una caldera. Alguien aparece en el jardín de la casa. Un joven moreno de anchas espaldas, vestido con botas altas, pantalón de montar y  camisa de lino se sienta en los escalones de piedra y comienza a liarse un cigarrillo con la vista puesta en el barranco.

En el momento en el que intentamos llamarle, la visión de un grupo de campesino nos frena.  Entre ellos se encuentra la joven que habíamos visto la vez anterior. Su aspecto parece preocupar al joven, su espalda se tensa.  Se lleva el cigarro a los labios posando su intensa mirada en la figura, que con dificultad pero de andar felino, sube la gran cuesta. Una idea nos ilumina al contemplar el paisaje, las vestimentas y el aire puro. Nos encontramos en la década de los años 30 en la isla de Gran Canaria.  Pasados unos minutos, somos cómplices de la mirada que intercambian los jóvenes. Aunque aparentan ser el patrón y la sirvienta, sospechamos que detrás de la actitud de indiferencia que muestran, se esconde algo intenso.

Tardamos en reaccionar y como dicen los canarios; nos quedamos con la magua. En el próximo viaje al pasado deberemos ser más rápidos y saltar al otro lado para completar esta historia envuelta en misterio…

Deberemos desentrañar los mensajes que ocultan El rumor de las Folías

CartelA3

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